VALENCIA, España.
"Mientras tengamos tiempo hagamos el bien", concluía el sacerdote Agustín Fernández Buj, su testimonio en el Voto de Covadonga, el 29 de mayo de 2011. El tiempo para él ha sido breve desde entonces a causa de la inesperada enfermedad. Hoy, cuando se lo echa de menos, su vida se ilumina aún más e inspira sentimientos, oraciones, palabras. Loreto Ballester, Directora de la Institución Teresiana entre los años 2000 y 2012, describe "el estilo sacerdotal de Agustín" y su compenetración con el Carisma de san Padro Poveda; al tiempo que reflexiona sobre el don que suponen para la Institución Teresiana los sacerdotes amigos.
“.. el momento de mi partida es inminente. … he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe y desde ahora me aguarda la corona de la justicia” (2 Tim 4, 6-8).
Estas palabras de Pablo me han brotado ante la noticia de la muerte de Agustín. Aunque conocíamos la gravedad de su enfermedad que se presentó de modo inesperado y que ha segado su vida en un tiempo breve, el impacto de su partida ha sido intenso.

La Institución Teresiana, en muchas personas que le hemos conocido de modo muy cercano, le ha acompañado con mucho afecto en esta etapa de enfermedad orando por él, interesándonos por su estado, con cercanía a su madre.
Tanto en los años en que formé parte del Consejo de Gobierno con encargos concretos en el trabajo con jóvenes, como en el periodo de Directora General, he sido testigo del estilo sacerdotal de Agustín. Con adolescentes y jóvenes, ante las preguntas y búsquedas de quienes se planteaban constituir una familia, en las primeras etapas de matrimonio, con miembros jóvenes de la Institución, con educadores o con grupos que buscaban un camino de vida en la Institución, cuando animadores de jóvenes y personas con responsabilidades en formación recurríamos a él con la necesidad de orientación ante temáticas no sencillas, Agustín siempre estaba a punto. Y con un mismo ser: sacerdote según el corazón de Dios (Jer 3:15).
Con él hemos contado al convocar a sacerdotes que con generosidad ofrecen su ministerio en apoyo a la vida de la Institución, como en la celebración en Guadix del Centenario de la acción evangelizadora de Pedro Poveda. Su persona y su autoridad moral reconocida entre sus compañeros facilitaba muchos caminos. Así sucedía también con Obispos, especialmente entre quienes han contado con su valiosa ayuda como Secretario y le han apoyado en sus compromisos con la Institución.
Su SER SACERDOTE transparentaba el Dios y Señor a quien estaba tan hondamente ligado. Mostraba la mano tendida de nuestro Dios en cualquier situación, ofrecía una palabra clara sobre los caminos que son de vida, sobre las tentaciones y los riesgos de engaño. Y el coche parecía tener alas en tantos desplazamientos, con frecuencia no programados, para acudir a cualquier llamada.
El contacto con él siempre animaba a reconocer los dones de nuestra vocación. Conocía también dificultades, situaciones complejas que supo acompañar con prudencia y gran respeto hacia quienes tenían la responsabilidad institucional. Era patente su amor entrañable, comprometido a la Iglesia y enseñaba a vivirlo.
Muchas de estas hondas experiencias de su ser y de su servicio han sido expresadas por él, y ofrecidas a la Santina en el Voto de Covadonga cuando el Consejo de Gobierno entendió que era un deber que el Voto en el Año Centenario fuera cumplido por la diversidad de personas que hacen realidad la Institución Teresiana. Fue un momento intenso que él vivió con alegría y gratitud, también la Institución.
En la vida de Agustín se muestra algo que he podido reconocer en otros sacerdotes compenetrados con la Institución Teresiana: el carisma inspirado a san Pedro Poveda ha sido un ámbito de vida en el que ha fluido la fuerza del Espíritu. Hemos recibido mucho de ellos y ellos reciben algo valioso en el contacto con la Obra. Es frecuente que expresen su gratitud por haber recibido de algunas de nosotras, a veces a modo de hermana mayor, compañía cercana o consejo, en zonas rurales o en pequeñas parroquias, en etapas de estudio, en encrucijadas de su sacerdocio. La experiencia tan intensa de Josefa Segovia en su comprensión del sacerdocio y en su entrega al bien de los sacerdotes se hace también realidad en nuestro tiempo.
La muerte de Agustín me ofrece la oportunidad de expresar nuestro reconocimiento al servicio de tantos sacerdotes. Son incontables los que han acompañado la vida de la Institución. En varias ocasiones, en conversaciones con responsables de movimientos que cuentan con sacerdotes, he expresado cómo Pedro Poveda, sacerdote diocesano, feliz de su sacerdocio, entendió que en la Obra Teresiana, una asociación de seglares, no habría sacerdotes con vínculos institucionales. La estrecha relación nacería de la vivencia común de la eclesialidad y de la comprensión del Carisma. He expresado también la experiencia, que no por repetida deja de impresionarme, de cómo en distintas latitudes, en grandes ciudades y en áreas rurales, en países de minoría católica, san Pedro Poveda “nos envía a sacerdotes” y se hace cercano a ellos de mil modos.
Gracias, Señor, porque en Agustín, en otros muchos sacerdotes cuyos nombres y rostros están vivos en la Institución, nos muestras tu cuidado hacia esta familia teresiana. Y conviertes en don y modelo, para ellos, la vida sacerdotal de Pedro Poveda.
Loreto Ballester



