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CIUDAD del VATICANO, Italia.
El domingo 27 de abril, coincidiendo con la solemnidad de la Divina Misericordia, será recordado como el día en que dos Papas del siglo XX fueron canonizados, Juan XXIII y Juan Pablo II. Y otros dos estuvieron presentes, el actual pontífice Francisco, quien presidió la ceremonia y declaró la santidad de ambos; y el papa emérito Benedicto XVI.

La presencia de 24 jefes de Estado, entre los que se encontraban el presidente de la República Italiana, Giorgio Napolitano, los Reyes de España, el presidente de Correa, de Ecuador, y 92 delegaciones oficiales; además de un millón de peregrinos que desbordaron la plaza San Pedro y la Via della Conciliazione, indican la repercusión de estos dos líderes de la Iglesia durante gran parte de la segunda mitad del siglo XX.

Concelebraron unos 150 cardenales y 700 obispos, y participaron más de 6.000 sacerdotes. Se realizó una cobertura televisiva y digital mundial. Minutos antes del inicio de la celebración se produjo el ingreso de Benedicto XVI muy aplaudido por los peregrinos. Los aplausos se repitieron cuando el papa Francisco se acercó a saludarlo.

Al inicio de la ceremonia, concluida la invocación de las Letanías de los santos, el cardenal Angelo Amato, prefecto para la Congregación para las Causas de los Santos, presentó ante el papa Francisco las tres peticiones de la doble canonización según se indica en el ritual: con “gran fuerza”; con “mayor fuerza”; con “grandísima fuerza”... Como respuesta, el Papa pronunció la fórmula: “En honor de la Santísima Trinidad, por la exaltación de la fe católica y el incremento de la vida cristiana, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo y de los santos apóstoles Pedro y Pablo, después de haber reflexionado largamente e invocado la ayuda divina y escuchado el parecer de muchos de nuestros hermanos obispos, declaramos santos a Juan XXIII y a Juan Pablo II”. Tras el pronunciamiento del papa Francisco, la multitud en la plaza estalló en aplausos.

Mientras se presentaron las reliquias de los nuevos santos se entonaba solemnemente el Jubilate Deo por los coros de Roma, Bérgamo, Cracovia y el coro oficial de la Capilla Sixtina, que participaban en la ceremonia. En ese momento el sol se asomó en la plaza San Pedro en una mañana gris e inestable.

El Evangelio fue cantado en latín y en griego. En la homilía el Papa dijo que "fueron sacerdotes, obispos y papas del siglo XX. Conocieron sus tragedias, pero no se abrumaron. En ellos, Dios fue más fuerte; fue más fuerte la fe en Jesucristo Redentor del hombre y Señor de la historia; en ellos fue más fuerte la misericordia de Dios...".

"Juan XXIII y Juan Pablo II colaboraron con el Espíritu Santo para restaurar y actualizar la Iglesia según su fisionomía originaria, la fisionomía que le dieron los santos a lo largo de los siglos. No olvidemos que son precisamente los santos quienes llevan adelante y hacen crecer la Iglesia".

¿Por qué estaban allí?

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Desde las 4,30 de la mañana se permitió el paso a la plaza San Pedro a periodistas, sacerdotes y enfermos y una hora despué a los demás participantes. Miles de personas esperaban detrás de las vallas colocadas a tal efecto. Muchos no se habían movido desde la tarde del sábado. Otros tantos iban llegando. En la espera serena y alegre, entre conversaciones y silencios, se alternaban oraciones y canciones. La multitud se extendía más allá de la Via della Conciliazione.

El operativo de ingreso fue lento a causa de los sistemas de seguridad por los cuales se accede.

A las 6 la plaza se había transformado en una gran improvisada acampada. Los peregrinos llegados de lejos estaban pertrechados con colchonetas, sacos de dormir, mantas, sillas, mochilas, etc. Algunos se echaron a dormir extenuados por la espera. Otros desayunaban, muchos rezaban. A medida que comenzaron a desplegarse las banderas quedó patente la evidencia de la universalidad de la Iglesia, en esta ocasión con mayoría polaca.

Aunque la escena tenía características propias de los encuentros de jóvenes, los presentes constituían un amplio arco de generaciones. Con mucha probabilidad los más, testigos del pontificado de Juan Pablo II.

A las 9 comenzó la preparación inmediata a la ceremonia desde el audio central, con música, oraciones y lecturas. ¿Qué es lo que motivaba esperar tantas horas? ¿O hacer un largo viaje y sufrir tantas incomodidades? Aunque las repuestas tenían el matiz de cada experiencia personal: agradecimiento, afecto, sintonía espiritual, pertenencia territorial, etc; el denominador común era la fe y la eclesialidad.

Homilía del papa Francisco, completa

En el centro de este domingo, con el que se termina la octava de pascua, y que Juan Pablo II quiso dedicar a la Divina Misericordia, están las llagas gloriosas de Cristo resucitado.

Él ya las enseñó la primera vez que se apareció a los apóstoles la misma tarde del primer día de la semana, el día de la resurrección. Pero Tomás aquella tarde no estaba; y, cuando los demás le dijeron que habían visto al Señor, respondió que, mientras no viera y tocara aquellas llagas, no lo creería. Ocho días después, Jesús se apareció de nuevo en el cenáculo, en medio de los discípulos, y Tomás también estaba; se dirigió a él y lo invitó a tocar sus llagas. Y entonces, aquel hombre sincero, aquel hombre acostumbrado a comprobar personalmente las cosas, se arrodilló delante de Jesús y dijo: «Señor mío y Dios mío» (Jn 20,28).

Las llagas de Jesús son un escándalo para la fe, pero son también la comprobación de la fe. Por eso, en el cuerpo de Cristo resucitado las llagas no desaparecen, permanecen, porque aquellas llagas son el signo permanente del amor de Dios por nosotros, y son indispensables para creer en Dios. No para creer que Dios existe, sino para creer que Dios es amor, misericordia, fidelidad. San Pedro, citando a Isaías, escribe a los cristianos: «Sus heridas nos han curado» (1 P 2,24; cf. Is 53,5).

Juan XXIII y Juan Pablo II tuvieron el valor de mirar las heridas de Jesús, de tocar sus manos llagadas y su costado traspasado. No se avergonzaron de la carne de Cristo, no se escandalizaron de él, de su cruz; no se avergonzaron de la carne del hermano (cf.Is 58,7), porque en cada persona que sufría veían a Jesús. Fueron dos hombres valerosos, llenos de la parresia del Espíritu Santo, y dieron testimonio ante la Iglesia y el mundo de la bondad de Dios, de su misericordia.

Fueron sacerdotes, obispos y papas del siglo XX. Conocieron sus tragedias, pero no se abrumaron. En ellos, Dios fue más fuerte; fue más fuerte la fe en Jesucristo Redentor del hombre y Señor de la historia; en ellos fue más fuerte la misericordia de Dios que se manifiesta en estas cinco llagas; más fuerte la cercanía materna de María.

En estos dos hombres contemplativos de las llagas de Cristo y testigos de su misericordia había «una esperanza viva», junto a un «gozo inefable y radiante» (1 P 1,3.8). La esperanza y el gozo que Cristo resucitado da a sus discípulos, y de los que nada ni nadie les podrá privar. La esperanza y el gozo pascual, purificados en el crisol de la humillación, del vaciamiento, de la cercanía a los pecadores hasta el extremo, hasta la náusea a causa de la amargura de aquel cáliz. Ésta es la esperanza y el gozo que los dos papas santos recibieron como un don del Señor resucitado, y que a su vez dieron abundantemente al Pueblo de Dios, recibiendo de él un reconocimiento eterno.

Esta esperanza y esta alegría se respiraba en la primera comunidad de los creyentes, en Jerusalén, como se nos narra en los Hechos de los Apóstoles (cf. 2,42-47). Es una comunidad en la que se vive la esencia del Evangelio, esto es, el amor, la misericordia, con simplicidad y fraternidad.

Y ésta es la imagen de la Iglesia que el Concilio Vaticano II tuvo ante sí. Juan XXIII y Juan Pablo II colaboraron con el Espíritu Santo para restaurar y actualizar la Iglesia según su fisionomía originaria, la fisionomía que le dieron los santos a lo largo de los siglos. No olvidemos que son precisamente los santos quienes llevan adelante y hacen crecer la Iglesia. En la convocatoria del Concilio, Juan XXIII demostró una delicada docilidad al Espíritu Santo, se dejó conducir y fue para la Iglesia un pastor, un guía-guiado. Éste fue su gran servicio a la Iglesia; fue el Papa de la docilidad al Espíritu.

En este servicio al Pueblo de Dios, Juan Pablo II fue el Papa de la familia. Él mismo, una vez, dijo que así le habría gustado ser recordado, como el Papa de la familia. Me gusta subrayarlo ahora que estamos viviendo un camino sinodal sobre la familia y con las familias, un camino que él, desde el Cielo, ciertamente acompaña y sostiene.

Que estos dos nuevos santos pastores del Pueblo de Dios intercedan por la Iglesia, para que, durante estos dos años de camino sinodal, sea dócil al Espíritu Santo en el servicio pastoral a la familia. Que ambos nos enseñen a no escandalizarnos de las llagas de Cristo, a adentrarnos en el misterio de la misericordia divina que siempre espera, siempre perdona, porque siempre ama.

Al finalizar, el Papa agradeció a los presentes, especialmente a los peregrinos, a los organizadores y los colaboradores de los servicios de Roma. Saludó a los jefes de Estado y miembros de las delegaciones y recorrió la plaza y la Via della Conciliazione en el Papa móvil. Gesto que agradecieron los peregrinos a pesar de que algunos llevaban más de 16 horas. Aún restaba el largo operativo, algo caótico, para desalojar el lugar de la ceremonia que quedará en la memoria de muchos y en una página de la historia.

Para la Institución Teresiana los nuevos santos son dos Papas significativos en su historia, coincidente con la vida de ambos. Angelo Roncalli, futuro Juan XXIII, fue contemporáneo de san Pedro Poveda, hasta la muerte de éste, y aunque no se conocieron compartieron sensibilidades comunes sobre las cuestiones social y educativa, y por la necesidad de paz en los pueblos. Juan Pablo II fue el pontífice que aprobó los vigentes Estatutos de la Institución de acuerdo a la naturaleza original del carisma; beatificó en 1993 a Victoria Díez y a Pedro Poveda, a quien también canonizó en 2003; también varias personas de la Institución colaboraron en dicasterios durante su pontificado. Maite Uribe, directora de la Institución Teresiana, en un mensaje a los miembros y amigos de la misma, ha invitado a agradecer el don de la santidad en estos dos Papas del siglo XX. (Ver mensaje de Maite Uribe)

Laura Moreno Marrocos, desde Roma

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