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MADRID, España.

La Institución Teresiana celebra, el 21 de noviembre, el 25º aniversario de la aprobación de los Estatutos que la reconoce en la Iglesia Católica como Asociación Internacional de laicos, en fidelidad al origen con que nació en 1911, de la inspiración y empeño de San Pedro Poveda, cuando era canónigo del Santuario de Covadonga, Asturias.

El 21 de noviembre de 1990, el Cardenal Eduardo Pironio, presidente del Pontificio Consejo de Laicos, aprobó el Decreto con el que se refrendaban los Estatutos que incluían a la Institución Teresiana entre las asociaciones internacionales de seglares. En julio del mismo año el Papa Juan Pablo II había respondido positivamente a la solicitud de dicha Institución, de volver a su forma canónica fundacional de Asociación de Fieles; tras un largo periodo de reflexión, estudio y discernimiento en sintonía con la renovación impulsada por el Concilio Vaticano II.

Los nuevos Estatutos, además de reflejar la finalidad, estilo y organización de la Institución Teresiana según su origen, posibilitaron la incorporación como miembros de pleno derecho, a quienes participaban en Asociaciones ACIT (de cooperación en la misión de la I.T.) y así lo expresaron. Ello hizo posible la creación y desarrollo de múltiples asociaciones en diversas ciudades y países, cuyos miembros viven la espiritualidad y misión de la Institución Teresiana como una llamada vocacional cristiana.

Los primeros Estatutos habían sido aprobados por el Papa Pío XI, el 11 de enero de 1924. Éstos reconocían a la Institución Teresiana como “Pía Unión”, es decir, una Asociación de Fieles, según la expresión jurídica de la época, con diversidad de miembros y asociaciones.

Años después, por solicitud del Papa Pío XII, una de las asociaciones de la Institución Teresiana pasó a formar parte de los Institutos Seculares, creados en 1947. Sin embargo, la idea fundacional de Pedro Poveda, inspirada en la forma de vida de los primeros cristianos, y llamada a vivir un radical compromiso cristiano con la “mínima estructura”, no podía desplegarse plenamente.

El Concilio Vaticano II que supuso en la Iglesia una profunda renovación y “una vuelta a los orígenes”, propició que los miembros de la Institución Teresiana iniciaran un camino de discernimiento que concluyó con el acuerdo unánime expresado en una Asamblea celebrada 1988, de solicitar a la Santa Sede, la recuperación de la forma organizativa fundacional.

El actual Consejo de Gobierno de la Institución Teresiana, presidido por Maite Uribe, ha expresado en un mensaje con motivo de este acontecimiento que es “una celebración que nos alegra y nos llama a una nueva toma de conciencia de las implicaciones actuales de este acontecimiento eclesial que ha marcado profundamente la vida de la Institución y ha permitido su desarrollo, el despliegue de la potencialidad del carisma, de aquella idea buena de Poveda, en diversas modalidades asociativas. Se trata de un hecho puntual, el reconocimiento eclesial, fruto de una historia que vivimos como pueblo, que nos ha abierto nuevas realidades institucionales y, con ellas, nuevas posibilidades de misión”.

Una vocación compartida

Entre las celebraciones la Federación ACIT de España, ha convocado a un encuentro conmemorativo con el lema “Llamados a una vocación”, que ha tenido lugar en Los Negrales, los días 14 y 15 del corriente mes.

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Fernando Melgar, presidente de dicha Federación, señaló que la aprobación de los actuales Estatutos “no fue un hecho burocrático, ya que estos estatutos cambiarían la fisonomía de la I.T. y lo que es más importante, la vida de muchas personas ligadas a ella. Aquí radica sin duda - agregó - la grandeza de este cambio, en que muchas personas pudiéramos realizar un compromiso serio de fe y de vida, que ha permitido un cambio radical en nuestras vidas, reavivando y alimentando una vocación recibida y compartida”.

Y al explicar el lema del encuentro, dijo: “Una vocación que ha tocado nuestro ser más profundo y afecta a toda nuestra vida y la transforma, siendo un desafío constante para cada edad y para cada día. Una vocación que mueve nuestras vidas y que siente la llamada personal de Dios en ella. Una vocación laical que nos permite estar presente en los más diversos y variados sectores diversos del mundo, siendo en ellos testigos del evangelio”.

Por su parte Arantxa Aguado, directora general en 1990 cuando se aprobaron los  nuevos Estatutos, ponente en el encuentro compartió: “Se ha dicho que hacer memoria, en sentido bíblico, va más allá del mero agradecimiento por todo lo recibido; quiere enseñarnos a tener más amor, quiere confirmarnos en el camino emprendido” (Card. Bergoglio, 2006). Es memoria del pasado leído éste a la luz de la conciencia presente. Y esa memoria nos fortalece el corazón. Se ha dicho también que una familia y un pueblo que se recuerdan son una familia y un pueblo con porvenir, tienen futuro”. Y subrayó “que el hecho que recordamos –la aprobación de nuestros Estatutos- nos llama a algo nuevo, quizá a un punto renovado de unidad, de cohesión, de consistencia. Sin duda nos remite a nuestra raíz eclesial nuevamente fortalecida. Y con ello una afirmación y respuesta al don de la vocación recibida”.

D. Carlos Osoro, arzobispo de Madrid, se hizo presente con un mensaje en el que expresó: “quiero estar con vosotros agradeciendo a Dios la Institución Teresiana, la vida y la vocación de sus miembros. Vuestro servicio y pertenencia a la Iglesia, a la dedicación generosa a una misión evangelizadora según el carisma de San Pedro Poveda y por todos los dones que habéis recibido en vuestro recorrido vocacional”.

La celebración de los primeros 25 años de los Estatutos encuentra a la Institución Teresiana en los inicios de un segundo centenario de vida, tiempo oportuno, como señala Maite Uribe, para “poner el carisma al servicio de las culturas en las que estamos presentes, cómo adecuar medios e instrumentos, cómo interrogarnos sobre las mediaciones, cómo saber buscar colaboradores, y hacerlo todo con la misma convicción con la que podía decir Pedro Poveda: ‘La Obra, providencial. Obra pensada para este tiempo’” (Maite Uribe, Carta 2015, 9).

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