ROMA, Italia.
El 5 de julio se cumplen treinta años de la muerte de Elisa Giambelluca, hoy Sierva de Dios. Es buena ocasión para recordar una semblanza de su vida.
“Creo que la Institución tiene en sí las características para hacerme santa, para hacernos santas” (1972). Así era Elisa, una joven profesora de matemáticas y física, plenamente convencida de que la Institución Teresiana, asociación laical fundada por San Pedro Poveda (1874-1936), a la que pertenecía, es un camino de santidad.
Elisa Giambelluca nació el 30 de abril de 1941 en Isnello, un pequeño pueblo de la provincia de Palermo (Sicilia, Italia), hija de Miguel y de Vicenta Quartararo, la última de siete hijos. El 10 de mayo fue bautizada en su parroquia, donde el 20 de mayo de 1951 recibió también la primera comunión. De niña acudió a la escuela elemental en Isnello, y a la parroquia, donde comenzó su formación cristiana en el ámbito de la Acción Católica, y donde se inició su gran devoción mariana. Visitaba con frecuencia el cercano santuario de la Virgen de Gibilmanna.
En 1952 se trasladó a Cefalù (Palermo), al Internado de las religiosas del Colegio de María, para cursar la enseñanza media y el liceo clásico en las escuelas estatales de esta pequeña ciudad. Durante los ocho años que vivió allí, recibió una óptima formación humana y cristiana.
Desde el curso 1960-1961 Elisa estudió en la Universidad de Palermo ―Facultad de matemáticas y física―, residiendo en la Casa de la Universitaria, de la Institución Teresiana, donde tuvo su primer contacto con el carisma de San Pedro Poveda. Maduró pronto su vocación a una entrega completa al Señor en la forma laical propia de esta Institución, y en mayo de 1964, casi al final de sus estudios, solicitó formalmente pertenecer a ella.

Conseguido el 7 julio del 1965 el título de Doctora en Matemáticas, desde el mes de septiembre de ese mismo año comenzó para ella un periodo plenamente dedicado a la vida profesional. En esa fecha fue nombrada profesora de matemáticas y de física del Istituto Magistrale Parificato “San Pio X”, de Rossano Calabro (Cosenza, Italia), de la Institución Teresiana, que era uno de los pocos recursos educativos y culturales de que disponían los jóvenes de la zona que quisieran frecuentar los estudios superiores. Elisa permaneció en Rossano durante tres años.
Desde 1968 a 1971 vivió en Turín, donde trabajó otros tres años, desempeñando una vida profesional variada, dedicada también a la enseñanza, y obteniendo, el último año, el carácter de profesora de puesto oficial.
En 1971 Elisa aceptó la propuesta de dejar Turín para trasladarse a Roma y colaborar en la Residencia Universitaria de la Institución Teresiana, a la vez que enseñaba en el Liceo Científico Estatal n°23 de la Via Tuscolana. Su plena disponibilidad a la voluntad de Dios y a la misión de la Iglesia, mediante la Institución Teresiana, llevó a Elisa no solo a trasladarse de un lugar a otro, sino ―como anotaba en su diario en 1972― “a renunciar al puesto oficial libremente, con alegría, porque, antes de ser profesora soy Teresiana”.
Elisa dejó Roma, el trabajo con las universitarias y la enseñanza en el Liceo estatal y desde comienzos de octubre de 1971 vivió en la Sabina, en Poggio Mirteto (Rieti, Italia), en la Casa Internacional de Formación del la Institución Teresiana, donde se dedicó durante un año a su formación teológica y espiritual y formalizó su compromiso definitivo con dicha Institución.
En octubre de 1973 volvió a Rossano, al Istituto Magistrale Parificato “San Pio X”, de donde fue profesora y directora durante diez años. “Estoy perfectamente serena y confiada, con un deseo grande de trabajar por Nuestro Señor y por la Institución Teresiana. ¿Qué más da trabajar en una escuela estatal o privada? Lo único que vale siempre es Nuestro Señor”, escribía entonces en sus apuntes personales. No fueron años fáciles; sin embargo, con su temperamento de mujer fuerte, sensible a los signos de los tiempos, desde 1974 animó al grupo docente a “arriesgar” una de las más logradas experiencias de renovación educativa en Italia, autorizadas por el Ministerio de Instrucción Pública. Con ello se ofrecía a los jóvenes calabreses la doble posibilidad de formarse en el área socio-psico-pedagógica y en la linguística, abriendo así nuevas perspectivas de trabajo en ese Sur de Italia, pobre y marginado.
En agosto de 1983 Elisa dejó Rossano para ir a la Sabina, a Vescovio, a una casa de la Institución Teresiana junto al Santuario de la Madonna della Lode. Enseñó en el Istituto Magistrale de Poggio Mirteto y en el Instituto Estatal para la Agricultura de Forano (Rieti). Pero, afectada por graves problemas de salud, pasados algo más de dos años se vió obligada a trasladarse a Roma. Estaba mal; le habían diagnosticado un tumor maligno que la hizo sufrir durante todo ese tiempo. Escribe en sus apuntes en marzo-abril de 1984: “La comunicación de mi nuevo ingreso en el hospital no me ha llegado por sorpresa: en el fondo preveía todo esto. Ciertamente me conviene poner todo en sus manos… Me siento solidaria con los que sufren, con los que luchan, con los que buscan y ofrezco… Quisiera beber hasta el fondo su cáliz para vivir en plenitud”.
1985 fue un año de mucho sufrimiento, que transformó a Elisa en un “crucifijo viviente”. A pesar de su fragilidad no desistió, y en su diario personal anota esto: “Es Él quien derriba y ensalza, humilla y enaltece. Mi contribución a la historia hoy: vivir esta certeza. ¿Puede ser esto falta de compromiso? No me parece. Todos los conflictos que tenía en el trabajo, en la parroquia, con los amigos, han desaparecido. Y, sin embargo, me siento parte viva de la historia. Actitud de gratitud y de alabanza. La Virgen me cubre con su manto”. En el mes de agosto, durante los ejercicios espirituales en Poggio Mirteto, escribe así: “He pedido al Señor saber caminar con Él decididamente hacia Jesrusalén. Camino fatigoso. Abandono en el Padre”.
Elisa murió en Roma el 5 de julio de 1986 con solo 45 años de edad. Ofreció sus sufrimientos y su vida por los sacerdotes en situación difícil y por las vocaciones.
“La santidad no es un lujo: es un sencillo deber”, había escrito Elisa el 31 de diciembre de 1973. El convencimiento de la necesidad de ser santa resuena claramente en su experiencia humana y cristiana, en cada una de sus elecciones, en cada cargo, en cada dimensión de su existencia vida a la luz del evangelio. Toda su vida es una invitación a redescubrir y realizar plenamente nuestra cotidianidad, la grandeza de la vocación bautismal, de nuestro ser hijos de Dios, incorporados en Cristo, templo del Espíritu. En su oración pedía “una santidad sin ruido, pero verdadera y fecunda para la Iglesia” (Diario, 12 de noviembre de 1972). Encarna por eso una santidad infinitamente sencilla y profunda al mismo tiempo, que impresiona por lo concreto y lo actual.
La vida de Elisa Giambelluca, se caracteriza, pues, en cada particular, por “dar razón de la esperanza” (1Pt 3,15), gozoso anuncio y testimonio de la obra de Dios en la vida de quien se fía de Él.
Desde 2008 a 2011 se ha llevado a cabo en Cefalù la Investigación Jurídica Diocesana de su Causa de beatificación y canonización, y actualmente continúa su curso en la Congregación de las Causas de los Santos de Roma.
Mª Encarnación González
Traducción al español del artículo “Serva di Dio Elisa Giambelluca”, de Maria Encarnación González, Postuladora General de la Institución Teresiana, en la Bibliotheca Sanctorum, Terza Appendice, Città Nuova, Milano 2013, columnas 496-499. Hay que destacar el hecho de que, no estando todavía beatificada, el editor haya solicitado a la autora un artículo sobre la Sierva de Dios, y su fotografía, para esta importantísima enciclopedia de los santos, de varios volúmenes, la más completa y prestigiosa en la actualidad.



