MADRID, España, 24/08/2011.
Casi treinta mil fueron los voluntarios de la JMJ 2011. Prácticamente para todas las tareas: alojamiento, seguridad, protocolo, prensa, limpieza, etc. Los había jóvenes y no tanto. También la Institución Teresaian invitó a sus asociados a vivir la JMJ desde este partiicpalar servicio. Se contó con muchos. Elena Crespo ha enviado su testimonio, sin duda representativo de los demás. Gracias a todos ellos fue posible que más de un millón de jóvenes hicieran una experiencia que ya forma parte de sus vidas.
Crónica de una voluntaria ACIT
Estos días no sólo han sido días de verano de altas temperaturas en Madrid. También han sido días de fuertes experiencias que quedan en el corazón y nos transforman profundamente.
Dios estaba presente en cada rostro, en cada canto, en el ánimo, en los largos paseos, en los ojos abiertos, en el silencio, en la mañana y en la noche, en las catequesis y en las celebraciones.
Había personas de toda raza, color, y lengua. Sin embargo, todos nos entendíamos y nos queríamos. Fue la experiencia de un nuevo Pentecostés.
No puedo expresar con palabras todas las emociones. Así que contaré alguna de las experiencias.
Comenzábamos el día muy temprano yendo a por los jóvenes al Instituto Véritas. Y acabábamos bastante después de medianoche. A lo largo del día teníamos oración, catequesis, “turismo” por Madrid y celebraciones.
Las comidas y las cenas eran toda una aventura; procurábamos ir pronto para evitar las enormes esperas o bien buscábamos sitios algo alejados del centro, o lugares escondidos como el Burguer que hay en el interior de la estación de Atocha. La guía de restauración nos la estudiábamos en los “descansos”.
Nos hemos movido en Metro y en Cercanías. En el momento de las celebraciones y en la hora de regreso el transporte estaba mucho más lleno de lo que todos conocemos en las horas punta. En la estación de Príncipe Pío había que dejar pasar varios trenes antes de poder subirnos. No había “empujadores” como en China pero sí que había vigilantes en los andenes para indicar el límite de pasajeros y hacer señales al conductor para que cerrase las puertas sin peligro. Las estaciones próximas a los eventos se cerraban y había que andar bastante trecho hasta poder entrar en el Metro. Nunca había pasado por Alonso Martínez sin que el tren parase; nunca había tenido que recurrir a Cercanías para ir menos apretujado. Nunca había ido al Véritas en Metro Ligero y a Los Negrales en autobús o RENFE.
Hemos señalado itinerarios sobre el plano del Metro para que no se perdiesen, hemos hablado con un montón de encargados del Metro para solucionar los problemas con los billetes. Y… ¡No se nos perdió nadie en el transporte!
El equipo que nos respaldaba era inmejorable. No había problema que no tuviese solución. Si alguien se encontraba mal, había médico y una cama preparada; si había algún extravío funcionaba como contacto para reencontrarnos; si queríamos una excursión a Ávila te buscaban horarios de autobuses o cualquier otro transporte y al mismo tiempo íbamos moviéndonos con los chicos para acortar tiempos; si algún chico necesitaba máquina de afeitar se la facilitaban...
El miércoles fue el día de encuentro por movimientos y nos reunimos todos en Los Negrales. Fue inolvidable. Se siguió un orden temporal de presencia de la IT para que los representantes de cada lugar se presentasen. Allí dieron todos lo mejor que tenían y se hicieron presentes los que allí estaban y todos los que no habían podido venir. Nos divertimos con canciones, bailes, folklores, videos, músicas... Fue uno de los momentos que más gustó a los jóvenes y a nosotros.
El sábado nos reunimos todos los grupos para celebrar una Eucaristía en el Véritas. Con las pilas cargadas con batería tan especial comenzamos a marchar a Cuatro Vientos. Llegamos los primeros al punto de encuentro donde esperaba protección civil para acompañar a la multitud. Era impresionante ver cómo iba creciendo el número de personas, la alegría, el ánimo y las ganas de partir. Nosotros regresamos a casa y más tarde Rufino fue a la Vigilia. Yo acompañé desde casa y me angustié viendo cómo llovía. ¡Menos mal que paró!
Cuando estos días han acabado, al igual que los chicos jóvenes cuando acaban un campamento, hemos sentido ganas de llorar. Son personas a las que seguramente no volveremos a ver pero a las que siempre llevaremos en el corazón. ¡Gracias Señor!
Texto: Elena Crespo
Fotos: Rufino Gregorio



