MADRID, España.
Próximos a la fiesta litúrgica de San Pedro Poveda, merece la pena recordar páginas significativas de la historia de la Obra por él fundada. Los días 15 y 16 de julio de 1916 el Padre Poveda junto a un grupo de jóvenes de la todavía naciente Obra Teresiana, visitaron la tierra de Santa Teresa de Jesús, Ávila, y también Alba de Tormes. Entre las peregrinas se encontraban las que formaban parte del primer Consejo constituido el 29 de junio de ese año, con la idea de dar unidad a las Academias, Internados y Centros Pedagógicos abiertos en diferentes ciudades.
Aquel primer Consejo estaba constituido por Pedro Poveda, Antonia López Arista, Isabel del Castillo, Rosario Victorero, Mariana Ruiz Vallecillo, Victoria Montiel y Josefa Segovia. En el Boletín de las Academias Teresianas se publicó una crónica de aquel significativo viaje.
Algunas de aquellas peregrinas regresaron a Alba de Tormes, los días 29 y 31 de octubre de 1936, poco después de conocer la noticia del martirio de Pedro Poveda. Josefa Segovia escribió en esa ocasión: “Allá fuimos, pues, el día 29 recordando detalles y circunstancias del primer viaje que la Institución hizo a este santo lugar el 16 de julio de 1916 ―veinte años― en compañía de nuestro Fundador”.
Crónica de la peregrinación a Alba de Tomes y Ávila en 1916
"Los que desde hace algunos años trabajamos con amor en la Obra Teresiana, deseábamos ardientemente conocer y visitar los santos lugares en que vivió y murió la mística Doctora española Santa Teresa de Jesús. Era una obra de justicia ir a poner en el sepulcro de la Santa lo poco bueno que ya hicimos y a pedirle que nos siguiese prestando su ayuda poderosa.
En Madrid nos reunimos muchas de las que nos llamamos Teresianas, y desde Madrid fuimos reunidas como una sola alma.
El día señalado para nuestra suspirada excursión fue el de Nuestra Señora del Carmen, y la víspera de él salimos de Madrid rebosantes de gozo. Hicimos el viaje a Ávila, y sin detenernos allí marchamos en automóvil a Alba de Tormes, llegando, apenas comenzado el día, ante el convento de las Madres en donde se conservan y veneran los santos despojos que sirvieron de templo al alma grandiosa de la incomparable Teresa de Jesús.
No sé qué impresión produce el penetrar en aquel templo: apenas se puede balbucear una oración, apenas se puede pensar; hasta los pies se niegan a seguir caminando. Y es que el sentimiento se desborda, porque el espíritu de la Santa lo invade todo.
En una capillita, muy severa, hay una imagen de Santa Teresa, y junto al altar el sepulcro primitivo de la Santa, en cuya losa se leen estas palabras pronunciadas por ella misma en sus últimos momentos: «¿Me negarán aquí un pedazo de tierra?» En aquel altar y junto a aquel sepulcro ofició el Padre Poveda el Santo Sacrificio. Fueron unos momentos de gran solemnidad, de los cuales todas las asistentes guardaremos siempre el recuerdo.
Vimos algunas reliquias que se muestran en la sacristía del convento y adoramos después el corazón y el brazo que, separados del resto del cuerpo, están encerrados en un relicario. Dan ganas de imitar a la inquieta y ardiente Religiosa que ante el temor de perder el cuerpo de la Santa Madre Teresa de Jesús, le abre el pecho y le arranca el corazón que tanto había latido a impulsos del amor divino. Sí, ese corazón prodigioso es el objeto de nuestras codicias.
A la salida del templo, por una reja cubierta de espesa celosía, vemos la celda en donde dejó de vivir la que durante tantos años suspiró por la muerte. Allí está el lecho, en donde hay colocada una imagen; allí se conserva cuanto había en aquellos momentos grandiosos; allí hay silencio; allí hay obscuridad, apenas quebrantada por dos blandones que lucen a los lados del lecho mortuorio.
Nosotras salimos de aquellos lugares llenas de santo recogimiento.
Después de reparar un poco las fuerzas, y de charlar con los amables vecinos de este envidiable pueblo, tomamos de nuevo el camino de Ávila, cada vez más ansiosas por conocer los lugares en donde se desarrolló la escena admirable de la vida de una de las más grandes Santas que tiene la Iglesia.
Oramos en la capilla construida en la habitación en donde Santa Teresa vio la luz primera, y paseamos por el jardín que tantas veces ella holló con sus plantas.
El convento de la Encarnación, en donde la Santa vivió treinta años, es un relicario: no hay piedra que no tenga un recuerdo, no hay lugar que no sea testigo de algún hecho extraordinario. Hay reliquias innumerables que se veneran con gran devoción; allí están los locutorios en donde tantas veces se le presentó Cristo, el Dueño de sus amores; la celda en donde sufrió la Transverberación de manos de un ángel; el comulgatorio, en donde Cristo le dejó gustar su sangre preciosa. En verdad puede decirse que en este convento se vive la vida de la que la dio tan fuerte y vigorosa a las instituciones carmelitanas.
Junto a estos recuerdos de la Santa los hay también innumerables del que tuvo su espíritu compenetrado con el de ella, de San Juan de la Cruz. Nos muestran el lugar en donde los dos, meditando los sagrados misterios, se elevaron en éxtasis divino.
No queremos marchar de Ávila sin conocer el primer convento en donde se llevó a cabo la reforma, que, como los otros en donde vivió la Santa, está lleno de su espíritu. Aquí se conserva la iglesia primitiva de San José, adosada a la que se construyó posteriormente, y en ese lugar de castizo sabor fue donde hicieron sus promesas las primeras novicias, que tanta gloria habían de dar a Dios más tarde.
Lástima grande es que todos los lugares en que vivió la Santa no se conserven como ella los dejó a su muerte; inspirarían, como lo inspira la capillita de San José, mayor devoción y más grande recogimiento.
Nosotras marchamos de Ávila más y más Teresianas, más y más enamoradas de nuestra Santa Doctora, más y mejor dispuestas para trabajar en una Obra objeto de sus predilecciones.
Y marchamos con un propósito único: el de repetir la visita en años posteriores".
Autora del texto: Josefa Segovia (Firmado en el Boletín por Eulalia García Escriche*)
Publicado en el Boletín de las Academias Teresianas, Jaén, Año I, n. 1 (1.X.1916) 6-8.
* Eulalia García Escriche escribió de puño y letra junto a su nombre: “Este artículo fue firmado por mí por motivos de prudencia, pero está escrito por la Srta. Josefa Segovia Morón. Lo hago constar. Eulalia García” [rubricado].



